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Entonces

Nos volvimos a encontrar,
dulce guerrera
de sonrisa infinita y rostro soñador.
Era todo antes,
o al menos aparentaba serlo.
Una sábana de inocencia,
blanca y ligera como un solitario lirio de invierno.
Las inmortales algazaras…
Las genuinas expresiones de fascinación…
Los apresurados pasitos, todos de puntillas.
Los sublimes brincos, los infinitos juegos de dedos entrelazados.
Tonterías, instantes espontáneos.
¿Por qué, en un día, me paro?
Me detengo a contemplar angustiosamente
las hojas de un álbum llamado “pasado”
“Momentos, los de entonces, ya no son los mismos”
Ya no, o quizás, nunca lo fueron…
Permanecer hipnotizada, oyendo nuevas voces,
aquellas que acarician la mano de lo desconocido.
Sumergirme en miradas hechizantes, curiosas,
redescubrir en ellas un pensar trémulo,
que antes se había cubierto de una pintura de penumbras y ahora abre horizontes.
Revelar la excelsa y a la vez tenebrosa sonrisa,
y percatarme, al fin, de los cambios, libera.
Los fantasmas son ahora fuerzas de la timidez,
tornándose gélidos mientras silban en mis oídos,
simples pasajeros de historias.
La saliva ya húmeda no es.
Los mordisqueados dedos son ahora polvo de huesos.
Mis manos se manchan, ya no solo de tinta, sino de ímpetu.
Y el beso anhelado, delicado enemigo letal del nuevo viaje queda en laberinto.
Más no puedo, ni si quiera devolver la esencia de fósforo
y canela a una existencia que temo,
volveríase cruda.
Cómo secar lágrimas ya secas.
Como extender la comisura de unos melancólicos labios,
cómo dejar que la fresca lluvia limpie unas mejillas
de un ser aventurero portadora de demonios
por donde yace el tiempo.
Dejé de pensar en la soledad como una entrañable amiga.
Mi serena camarada roja,
déjame percibir los suaves sollozos,
ver los descalzos pies a través de ese fino velo de algidez,
posar las mariposas de mis manos en mi pecho para llevarmelo todo.
Déjame soñar, soñar nuevamente.
Déjame soñar con el pasado,
y con el pasado que se viene.
Y emana lágrimas. Lágrimas sinceras,
de desconsuelo, interminables.
Deja que ellas relaten otras historias.
Es entonces un nuevo capítulo.

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No supe

No supe qué decir, pues el aliento me tragaba, su mirada torturaba.
Sus palabras avispadas corrían por mi cerebro y caían como un balde de agua caliente,
ya que el ardor de sus palabras amenazantes hacían retorcer mi corazón.
Déjame, aunque sea un momento, posar en tu regazo, y ahí llorar como nunca.
Sé, por un momento, mi casa de consuelo, mi hospital sin profesión.
Ayúdame a morderme el labio sin que duela, a tirarme al suelo
y patalear y golpear al azar, sin que duela.
Sé perfectamente que olvidar sus ojos grises de mirada demoledora es imposible.
Su dulce voz de rufián, casi muerta, es imposible de mi cabeza sacar,
pues la oigo cada sol y cada luna de mi existencia…
¿Aquí no hay paz?
El cielo lloraba las lágrimas de mi corazón que no podían ser derramadas por mis ojos.
Las lagrimas de sufrimiento.
El daño sufrido te perjudica de una manera que las palabras son insuficientes para expresarlos…

 

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Lágrimas rotas

Se ha roto el candil que me alumbrada,
el hechizo que me embrujaba.
Latente prosigo buscando abrigo,
en noches sin deseos, en el hervor de las estrellas.
Luceros perdidos, mañanas sombrías.
No hay quien recoja el trigo de los campos…
Se ha roto el velero que me llevaba,
el soporte que me llenaba.
Ardiente continuo besando refugio en labios insulsos,
en el amor de las fantasías.
Recreos acabados, tardes amargas.

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No hay quien reúna las perlas de los cuerpos

Entre nubes

Dormía plácidamente hasta tu llegada.
El eco de tu sombra penetro mi morada,
el poderío ingrato de tu voz resonó en mi memoria.
Aullidos retorcidos tejieron mi cama,
de la más cruel emoción broto una lágrima.
Dormía dulcemente hasta tu entrada.
El soplido de tu ley rodó mi sabana,
el fúnebre crespar de tu aliento resoplo en mi garganta.
Hastíos definidos escribieron mi ansia,
de la mas fiel sensación surgió una esperanza…

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En tu paso

Me encontraba aislada en el lamento del recuerdo cuando tus manos rozaron mi cuerpo.
Te sentía aturdido en el momento del encuentro cuando tus labios abrazaron mi pecho.
Conchas incrustadas en corazones viajantes, piedras labradas en prendas imborrables.
Te acostumbraba tenebroso en el regocijo del tiempo cuando tus ojos besaron mi silencio.
Te sorprendía emocionada en el cristal del espacio cuando tus sueños rompieron mi ruido.
Rocas pesadas en piernas caminantes, letras ilustradas en muestras palpables.
Peñas lacradas en manos libres, papeles bordados en manifiestos inmortales…

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Tu sonrisa

Alienta sin huellas en noches de despedida,
donde los ángeles bajan a besar su valía.
De frente en las rocas paladeé el recuerdo,
sobraban los rocíos del amanecer vago.
Latía la sangre interna de sus labios,
mi pecho enfurecido dormía latigazos.
Escurría el flujo amargo enrojecido,
donde las penas se beben retorcido.
Sucumbí al naufragio entre tanta linfa,
retiraban los aplausos donde la sangre tira.
Sangre, arena, lisura.
Tersura, sencillez, dulzura..
Que mesura la ternura de tu risa.

 

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Incendio

Me quemo sumergida en los designios del sendero,
me abrazo en las cenizas tras los pasos.
Allí asfixiada en el olvido proclamaba un delirio.
Me envuelve el humo constante del sarcasmo.
Me ahoga la hipocresía de los días donde el
suelo callaba los misterios marcados por mis llagas.
Caminé numerosos duelos, espolvoreé inmensos campos
pero nada comparable con éste incendio que me oprime.
Sálvame de las abrazaderas del latir constante del descuido,
libera mis quemaduras para postergarme ante el inmenso dolor…

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