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Todos queremos volar

Si así como la libertad de la mariposa mis recuerdos pudiese abandonar,
si así como ese vuelo, yo alzara el mío, si no me rindiese.
Así como el azul de tus alas es el cielo y el mar que contemplo cuando quiero volar y perderme impaciente por el paso del tiempo.
Por qué anhelamos tanto cariño y amor,
que necesitamos envolvernos de los tesoros que ofrece la vida,
con un simple detalle.
Exaltamos el alma y nos llenamos de emoción y
buscamos afecto que nos fue negado,
cariño que se nos prohibió encontrar y
amor que reclamamos al lado, que nos acompañe en el vuelo…
Pero a veces no sabemos recibirlo o simplemente lo evitamos,
de nuevo caemos mil veces e intentamos levantarnos,
a pesar del esfuerzo, de las adversidades y las piedras en el camino,
seguimos tratando de levantarnos, aunque digamos no puedo.
Alzamos el vuelo y empezamos de nuevo a ver la vida pasar o tratando
de volar.
Quiero volar y sentir el viento en mi rostro, contemplar el
alba cada día sin miedos. Quisiera revolotear por donde mi alma pueda
llegar, sentir inmenso amor al pasar por cada lugar que mi imaginación me
llevase, soltar el rumbo al destino para rendirme al placer de la vida…
No quiero llorar, no quiero descender, no quiero retroceder, no mas drama ni
sufrimiento que enturbie la dulce morada de la esperanza.
Fuera la maldad, fuera los enemigos, vuela conmigo olvido…
Saber amar, sentirse amada, retomar rumbo a los sueños,
llegar donde duermen las promesas, donde queda la suerte, el destino.
Arropar el miedo para vencer luego y despertar a la vida, a las ganas a
la ilusión, a la magia y a la emoción que un día perdí y con mi vuelo grabaré el manifiesto de su encuentro…

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No me dejes

El tiempo no perdona, hizo mellas en el rostro cansado de un alma pura, noble y adorable…
Sus ojos cansados, sus sabias arrugas, su cabello envejecido que tantas veces peiné para deleitarme mientras te escuchaba plácidamente, tus palabras siempre prudentes,
siempre coherentes …
Los destinos se labran y miden con una vara que ni modelar ni parar podemos, más a mi pesar el alma debo dejar soltar y dejarte marchar…
No perderé la esperanza que vuelvas a remontar, no cabría más goce y placer que tenerte siempre…
Tan unidas a pesar del cruel infortunio por separar lo que el corazón unió, ni la muerte podrá jamás borrar eso y se que estarás a mi lado tras cada paso, por doloroso que se presenta, dolor desgarrador que perfora el alma y llora ríos de impotencia ante ello…
Ejemplo de vida, deleite de amor, muestra de generosidad, bondad y humanidad, cubierto por sabiduría y adoración por luchar y amar la vida. En tus brazos se siente calor y seguridad, no los sueltes, quiero quedarme así, protegida por el fin de los días…
Cada noche que me visitas en la inhóspita morada, mi corazón se acongoja entre el miedo y la emoción. Sólo tu presencia es vital más la ignorancia no proceso y experimento el momento. Desde las penurias de las sobras tu legado retomas cada noche para velar mi silencio y recordarme tu existencia…
Quebrantas los aullidos de los designios del destino para acortar las sombras de la tórrida noche que tras tu partida se alargan y demandan valor. Siento cuando llegas porque el aire cortas y mi piel rozas, te paseas por tus aposentos reviviendo los viejos tiempos, como dueña y señora gobernando cada rincón de tu tesoro para perseverar tu estancia…
No impediré que brotes de las tinieblas y sucumbas ante mi pero si es porque te retengo te dejaré partir…

 

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Más que escribir

Escribir es un compañero para la soledad en un mundo en el que nos sentimos solos a pesar de estar rodeados de personas.

Escribir nos sirve para manifestar lo que llevamos dentro.

Al escribir podemos encontrar la voz interior que a veces, de ningún otro modo, podríamos escuchar.

Escribimos en busca de respuestas, en muchas ocasiones, a preguntas que no la tienen.

Escribimos para evadirnos, para crear, para imaginar o para gritar y llorar.

También escribimos para amar, para lanzar palabras desde nuestra alma y dibujar sonrisas al alba.

Escribimos para desahogarnos y brotar nuestras lágrimas, para despedirnos o sellar recuerdos y viejos momentos.

Escribimos anhelos, sentimientos, experiencias o dejamos fluir la imaginación y creatividad para moldear historias que no precisan protagonistas de cuentos, simplemente son pasajeros de un destierro.

Lo que importa es lo bueno, lo maravilloso que es escribir, pues en cada línea, en cada palabra estás viviendo lo que quieres.

Diriges la fantasía en cada párrafo, sumergiéndote en cada texto y viajando en cada verso.

Escribir nunca tiene fin, siempre es un nuevo comienzo, nunca sabes como queda el lienzo…

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Marca de mi Identidad Cultural

Las calles estaban llenas. El sol lucía en lo alto. Ansiosa; debía participar como cada año.

Allí le conocí, disfrazado, tomó mi mano.

Me llenó de orgullo sumergiéndome en una batalla campal de talco.

Memorando así la historia, que tantas noches me contó,

aquel barco que llegada al puerto,

cargado de harina en mal estado que había que botar,

le dieron mejor uso en el aire carnavalero de los isleños.

Cada lunes de dicha festividad lo revivo emocionada.

Por los poros de mi piel sentí el deseo satisfecho de vestir de blanco y al ritmo de puntos cubanos, desfilé por sus calles, en una nube de talco mientras impaciente le buscaba.

El reflejo de una época de inmigración e intercambio que me enseñó.

Con mis amigos portábamos maletas, baúles, jaulas con loros, puros y una comitiva de servidumbre que nos guiaban, disfrazados de negritos, sin obviar el menor detalle de antaño, despertando así los Indianos de La Palma. Brotaba en mis bailes el afecto cubano, con picardía imitaba los ricos llegados mientras mi cuerpo de pronto tembló.

A mi alrededor giraban personas de diferentes partes del mundo, compartiendo comida y bebida. Una mano me desplazó sugiriendo intimidad y al mirar le vi. ¡Allí viví!

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A mi pueblo

Ni siquiera podía abrir los ojos, pensaba que iba a perder los nervios si lo hacía. Tragué saliva, tragué con todas mis fuerzas. El corazón latía como un tambor y revoloteó con afirmación rotunda.

El silencio a mi alrededor era ensordecedor, sólo tenía que abrir los ojos. Esoplé y traté de golpear las lágrimas que me escocían en los ojos amarillos, desalineados. 

Los primeros rayos de sol filtrados por las calles despertaban ante mi, me aturdían al contemplar tanta belleza. 

El pueblo enmudeció al ver el trabajo consumado.

Sus frutos, altos arcos que luchan por alcanzar los cielos, embellecen a la villa. Todo acompañado de alfombras sagradas al pasar, para no romper tal necesario molde. 

El esfuerzo, el sudor de sus frentes, la recogida de flores y el trabajo en la madera. Todo para dar forma a magníficas creaciones, quedaba olvidado con una sonrisa en sus rostros, una sonrisa de satisfacción. 

Crecí aún más, emocionada por segundo, y salté de alegría. Bueno, más bien traté de saltar por no sucumbir a mi falta de horas de sueño, y ver el comienzo desde sus cimientos. Abandoné el descanso, enredado en las sábanas que esa noche no toqué.

Ellos tampoco, sus rostros no estaban cansados, sino esbeltos y frescos. Noche en vela trabajando para ultimar hasta el más mínimo detalle y darle el mayor talante. 

Un débil esbozo desdibujado en las sombras de la noche, daba paso al sol naciente, que flotaba entre flores y colores. Nadie podía pensar que del esquema planteado en un casco de color gris, brotara la luz, el esfuerzo y la unión de un pueblo y su fervor por celebrar el Corpus Christi con amor.

Texy Cruz (Dedicado a la fiesta de su pueblo-Villa de Mazo, La Palma) Canarias.

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La vida no es un cuento

Los cuentos son la materia de lo que están hechos los sueños.
Pero algunos cuentos no se hacen realidad. La vida no es un cuento.

La realidad a veces, es más tormentosa, turbia y asusta.
Perdonar y olvidar es lo que dicen, cuando alguien nos hiere deseamos herir, las cuentas pendientes no se saldan, sólo el tiempo pone todo en su sitio.

Lo máximo que podemos esperar, es olvidar. Pero recordando para olvidar, así se hace.


No es cuestión de vivir de forma desenfrenada, evitando chocar con circunstancias que no te gustan, que te recuerden a experiencias pasadas o por miedo a experimentarlas,
viviendo siempre en guardia.

No hay que intentar comerse el mundo a todas horas.

No pasa nada por bajar la guardia, hay momentos que es lo adecuado y has de escoger esos momentos bien.

Puede darte miedo cometer un error, pero no que las cosas cambien, porque nunca nada es igual, algo tendrán de diferentes, para bien o para mal.

Debemos estar dispuestos a cambiar nuestras convicciones, cuanto más dispuestos estemos a aceptar lo que son las cosas, los hechos, las situaciones, antes acabaremos en el lugar al que pertenecemos.

Algo insignificante puede cambiarlo todo. A veces lo que necesitamos para seguir es darnos una tregua. Darte cuenta de que tu perspectiva era equivocada puede liberarte.

Todos los cambios pueden producir un inmenso dolor interno, ese dolor que acecha duro como mendrugo de pan; el dolor que hace tambalear hasta al más fuerte y valiente. 

No te fustigues con que todo te pasa a ti, ese todo es la consecuencia de la evolución de los cambios, de la vida, de su curso. Se trata de como lo digieres, como lo enfrentas.

Bájate de la montaña rusa que te trasporta al subidón y bajón de sentimientos, de dudas y miedos.

De pronto verás un todo potencial, nuevas posibilidades, que si no, no las habrías visto.

Todo esta bien cuando la situación tiene buenas perspectivas, pero por desgracia a veces sucede lo contrario. No aceptamos tampoco las buenas cosas. Todo es miedo, sean buenas o sean malas.

Estar tan acostumbrada a las malas, hace que no vivamos las buenas, o a la inversa. 

Los cambios son inevitables. O nos adaptamos a ellos o nos quedamos atrás sin evolucionar, enfrascados. 

No fabriques bombas de relojería en tu mente, haz las cosas de modo más sencillo, crece y aprende al mismo tiempo que lo que te rodea evoluciona.

Actitud frente al cambio, actitud frente a la vida. 
Haz que tu vida sea más que un cuento.

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Imagen de Eliseo Gutiérrez

Un paseo

Es un día tranquilo, con pocas personas caminando por la plaza, con esa brisa que despeja cuando el sol calienta la cara. 
En una plaza que suelo frecuentar, me siento a ver la vida mientras disfruto de mi lectura. Me sumerjo en mis letras con lo que el autor me ofrece y mi imaginación, me distraigo con la vida cotidiana a mi alrededor. Y de vez en cuando cojo el cuaderno y relato lo que veo.
Podría parecer un día normal un paseo usual salvo que en parte es un paseo en balanza sobre lo vivido y por vivir. Hoy paso la recta de los benditos treinta y lo mejor que se me ocurrió es sopesar los placeres y pesares sentidos y por latir. 
En frente, hay una pequeña fuente, que desde que recuerdo, muchos llaman la fuente de los deseos, arrojan monedas en su interior con la esperanza que le sean devueltas en sueños realizados. A mi lado, un Kiosco con sus mesitas, que invita a tomar un refrigerio para soportar el día, un olor a pan recién hecho y café despierta hasta los muertos. 

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De pronto un anciano se sienta a mi lado, posee un semblante enfadado, le cuesta caminar y a duras penas consigue sentarse. 
Al hacerlo me mira y me dedica una inmensa sonrisa que me sorprendió, pensé que no poseía, se le iluminó la cara de lado a lado, respondí con una para acompañar semejante inspiración.

Pude percibir como me miraba con curiosidad, al verme escribir, de vez en cuando le devolvía la mirada y una sonrisa de complicidad a la cual seguía con satisfacción como enganche por comprendernos. 
Cuando llegamos a cierta edad siempre recordamos tanto los buenos momentos como los malos, escuchamos los anhelos por lo no encontrado o experimentado y los deseos por los sueños buscados. No nos reprochamos ni culpamos por errores o actos por tomar las cosas como experiencias y buscar enfoques deleitosos que muestren los caminos de la madurez y el aprendizaje en nuestro bagaje. 
Simplemente reflexionamos y disfrutamos de lo que vemos. 
Se oyen los cantos de los pájaros que también despiertan. De fondo algún coche pasar de la carretera más próxima, todo bordado con el magnífico fondo de las olas romper contra las rocas, que ponen el broche al paraíso que me gusta contemplar. A mi izquierda, una escena me hace soltar una carcajada, dos palomas luchan por un trozo de pan, cada una lo arrastra con su pico por una punta, hasta que al final el pan se parte en dos y ambas corren a proteger su botín para saborearlo.

Seguí sumergida en mi lectura, cuando de pronto alcé la vista y el miedo me sorprendió, no me había percatado de que el lugar se había llenado, no había oído la gente llegar, niños jugando a la pelota, madres paseando sus carritos de bebés, amigos tomando café y conversando, ancianos paseando, arrastrando sus cuerpos en busca de sol que calentase sus cansados huesos… 
Me levanté y tomé asiento en una mesa porque ya no pude resistirme al olor de aquel café, mientras lo hacía, la conversación de dos caballeros que se encontraban a mi lado me empapó. El caballero más mayor, bien vestido, con porte elegante, de grandes bigotes y ojos espantados, narraba a su amigo, como era aquella plaza hace unos años, con penar en su rostro le contaba que la fuente no poseía baranda como ahora, y que un día mientras trataba de rodarse para hacerle sitio a una amiga que esperaba, cayó hacia detrás metiéndose de lleno dentro de ella.

De pronto se levantaron y se retiraron, dejándome allí, llena de curiosidad por tal información, no podía dejar de preguntarme que vergüenza tuvo que pasar si era la mujer que amaba, si ella le ayudó a levantarse o que pasó entre ellos, nada satisfacía mi imaginación sobre la historia que me cautivó y pensé por momentos retirarme del lugar. De pronto una música comenzó a sonar, me hipnotizó y me arrastró hacia ella, un grupo de música en vivo tocaba aquella canción… “si no estás conmigo el temor no me deja dormir…Dices tú, yo te amo vida mía…” Cómo ser inerte permanecí mientras esas letras calaban mi piel y mis huesos temblaban de emoción, un escalofrío me abrazó mientras maravillada desistí resistirme a irme y me dejé llevar por la música.
No sólo yo quedé anonadada, los rostros de los presentes se encendían, todos parecían relajados y felices ante tal satisfacción, por instantes todos querían obviar la vida y problemas cotidianos para llenarse con el placer y gusto de la relajación con total libertad, hacía mucho que no me sentía así. 
La canción terminó y pude mirar al horizonte para alcanzar ver que mi paseo y reflexión había acabado. Llegar a los treinta es alcanzar una plenitud de querer tener experiencias que gratifiquen, sabemos mejor lo que deseamos y lo que nos hace sentir bien. Ya no tenemos tanta prisa por crecer sino queremos regocijarnos en las cosas que quizás para muchos son incoercibles, no valoran y pasan desapercibidas entre dolores, estrés o rutinas que maltrechan el camino.

Llegar a los treinta para mí es aprendizaje y conocimiento para mi misma, se las piezas que necesito para mi puzzle, lo que me gusta o no, lo que busco o anhelo y es simplemente llegar a una plenitud que me permite saborear los placeres que no cuestan entre espinas de senderos.