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Un paseo

Es un día tranquilo, con pocas personas caminando por la plaza, con esa brisa que despeja cuando el sol calienta la cara. 
En una plaza que suelo frecuentar, me siento a ver la vida mientras disfruto de mi lectura. Me sumerjo en mis letras con lo que el autor me ofrece y mi imaginación, me distraigo con la vida cotidiana a mi alrededor. Y de vez en cuando cojo el cuaderno y relato lo que veo.
Podría parecer un día normal un paseo usual salvo que en parte es un paseo en balanza sobre lo vivido y por vivir. Hoy paso la recta de los benditos treinta y lo mejor que se me ocurrió es sopesar los placeres y pesares sentidos y por latir. 
En frente, hay una pequeña fuente, que desde que recuerdo, muchos llaman la fuente de los deseos, arrojan monedas en su interior con la esperanza que le sean devueltas en sueños realizados. A mi lado, un Kiosco con sus mesitas, que invita a tomar un refrigerio para soportar el día, un olor a pan recién hecho y café despierta hasta los muertos. 

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De pronto un anciano se sienta a mi lado, posee un semblante enfadado, le cuesta caminar y a duras penas consigue sentarse. 
Al hacerlo me mira y me dedica una inmensa sonrisa que me sorprendió, pensé que no poseía, se le iluminó la cara de lado a lado, respondí con una para acompañar semejante inspiración.

Pude percibir como me miraba con curiosidad, al verme escribir, de vez en cuando le devolvía la mirada y una sonrisa de complicidad a la cual seguía con satisfacción como enganche por comprendernos. 
Cuando llegamos a cierta edad siempre recordamos tanto los buenos momentos como los malos, escuchamos los anhelos por lo no encontrado o experimentado y los deseos por los sueños buscados. No nos reprochamos ni culpamos por errores o actos por tomar las cosas como experiencias y buscar enfoques deleitosos que muestren los caminos de la madurez y el aprendizaje en nuestro bagaje. 
Simplemente reflexionamos y disfrutamos de lo que vemos. 
Se oyen los cantos de los pájaros que también despiertan. De fondo algún coche pasar de la carretera más próxima, todo bordado con el magnífico fondo de las olas romper contra las rocas, que ponen el broche al paraíso que me gusta contemplar. A mi izquierda, una escena me hace soltar una carcajada, dos palomas luchan por un trozo de pan, cada una lo arrastra con su pico por una punta, hasta que al final el pan se parte en dos y ambas corren a proteger su botín para saborearlo.

Seguí sumergida en mi lectura, cuando de pronto alcé la vista y el miedo me sorprendió, no me había percatado de que el lugar se había llenado, no había oído la gente llegar, niños jugando a la pelota, madres paseando sus carritos de bebés, amigos tomando café y conversando, ancianos paseando, arrastrando sus cuerpos en busca de sol que calentase sus cansados huesos… 
Me levanté y tomé asiento en una mesa porque ya no pude resistirme al olor de aquel café, mientras lo hacía, la conversación de dos caballeros que se encontraban a mi lado me empapó. El caballero más mayor, bien vestido, con porte elegante, de grandes bigotes y ojos espantados, narraba a su amigo, como era aquella plaza hace unos años, con penar en su rostro le contaba que la fuente no poseía baranda como ahora, y que un día mientras trataba de rodarse para hacerle sitio a una amiga que esperaba, cayó hacia detrás metiéndose de lleno dentro de ella.

De pronto se levantaron y se retiraron, dejándome allí, llena de curiosidad por tal información, no podía dejar de preguntarme que vergüenza tuvo que pasar si era la mujer que amaba, si ella le ayudó a levantarse o que pasó entre ellos, nada satisfacía mi imaginación sobre la historia que me cautivó y pensé por momentos retirarme del lugar. De pronto una música comenzó a sonar, me hipnotizó y me arrastró hacia ella, un grupo de música en vivo tocaba aquella canción… “si no estás conmigo el temor no me deja dormir…Dices tú, yo te amo vida mía…” Cómo ser inerte permanecí mientras esas letras calaban mi piel y mis huesos temblaban de emoción, un escalofrío me abrazó mientras maravillada desistí resistirme a irme y me dejé llevar por la música.
No sólo yo quedé anonadada, los rostros de los presentes se encendían, todos parecían relajados y felices ante tal satisfacción, por instantes todos querían obviar la vida y problemas cotidianos para llenarse con el placer y gusto de la relajación con total libertad, hacía mucho que no me sentía así. 
La canción terminó y pude mirar al horizonte para alcanzar ver que mi paseo y reflexión había acabado. Llegar a los treinta es alcanzar una plenitud de querer tener experiencias que gratifiquen, sabemos mejor lo que deseamos y lo que nos hace sentir bien. Ya no tenemos tanta prisa por crecer sino queremos regocijarnos en las cosas que quizás para muchos son incoercibles, no valoran y pasan desapercibidas entre dolores, estrés o rutinas que maltrechan el camino.

Llegar a los treinta para mí es aprendizaje y conocimiento para mi misma, se las piezas que necesito para mi puzzle, lo que me gusta o no, lo que busco o anhelo y es simplemente llegar a una plenitud que me permite saborear los placeres que no cuestan entre espinas de senderos.

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